Juan Sordo Madaleno
Una vida dedicada al diseño
Mi entendimiento sobre mi abuelo proviene de la observación de sus edificios y de las historias que me han transmitido mi padre y mi abuela. Era una persona tranquila y reservada cuya pasión por la arquitectura era singular, inquebrantable y palpable.
Cuando visito sus edificios, me invade una sensación casi intangible que no se puede expresar con palabras. Un salón de tan solo 2,2 metros que parece espacioso. Una ventana enmarcada con tanta precisión que el mundo exterior se convierte en una composición. Una planta baja liberada de la masa que la cubre. Lajas cuyo peso se percibe desde la calle, pero que desde el interior parecen ingrávidas. Creó un marco de colaboración en el que las obras de arte y la artesanía de otros maestros de su época se integraban a la perfección.
Sus edificios se concibieron en diálogo: con el mobiliario de Clara Porset, con las esculturas de Mathias Goeritz, con las estructuras de Félix Candela. Su punto de partida fue siempre el módulo: nunca trazó una línea sin él. La oscilación entre el peso y la ligereza, la tensión entre el edificio y el paisaje, su obsesión por la escala: todo ello culmina en una sensación que permanece contigo. Esa solidez perdura en el trabajo de Javier y en el mío, como tercera generación. Nuestra arquitectura es pesada, sólida, tectónica, y aspiramos, como él, a que la obra transmita a la vez un profundo sentido de su época y esté construida para perdurar.
Esa perdurabilidad es inseparable de la escala humana: una intención tanto como una dimensión. La sensación de que un espacio se ha creado para ti, de que anticipaba tu presencia. Es lo que recordamos en cada proyecto: espacios que se perciben como abiertos, generosos e inevitables; lugares que, antes incluso de un saludo formal, te indican que aquí eres bienvenido.
—Fernando Sordo Madaleno De Haro